Caracas desde el helicóptero [Para @RevistaOjo y @Prodavinci]

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El helicóptero de Traffic Center hace 3 emisiones diarias, con 5 pases entre programas, con un total de una hora y media de vuelo | Foto: MaR.-

El helicóptero de Traffic Center hace 3 emisiones diarias, con 5 pases entre programas, con un total de una hora y media de vuelo | Foto: MaR.-

La única manera de amar a Caracas en la hora pico es sobrevolándola.

La ciudad se ve entera, llena de imprudencias y de esperanza certera que se guiña con la placa del carro de adelante. Se ven motos maniobrando en la línea delgada que cruza la destreza con la locura. La capital del caos, desde el aire, se ve posible y con soluciones. Facilita de arreglar.

Caracas no es verde: es color ladrillo. Son cuadros pequeñitos desde el aire. Tienen divisiones, pero no las que se observan desde el suelo, con pisos improvisados unos encima delos otros, sino más bien una división invisible en la que apenas se adivina el verde que alguna vez fue protagonista y que ahora solo está de soporte.

Los funiculares del Waraira Repano se ven chiquiticos, las guayas que los sostienen no se divisan a seis mil pies de altura. La mezquita se ve imponente y delgada, como advirtiendo respeto a la diversidad, que es también arquitectónica. También aparecen detalles más pequeños. Por ejemplo, esa pirámide de espejos que está en medio de la autopista e incide con su reflejo de luz en el helicóptero y hace que el copiloto se detenga a reconocer la zona. Nuestro Louvre mínimo y hueco. Veo una estación del Metro y me ubico. Montones de camioneticas mal paradas recogen pasajeros sin prometerles hora exacta de llegada a sus destinos.

Los íconos se olvidan desde el aire.

El que vuela por primera vez en helicóptero a la hora pico caraqueña no se preocupa por ver los carros detenidos en el fuero de la quincena. Más bien se detiene –en la lucha por no marearse durante el viaje– a reconocer los valores más importantes de su ciudad, los que lo identifican con lo que ha vivido en ella. La Plaza Alfredo Sadel, en Las Mercedes, con sus lucecitas en los toldos que anuncian la inauguración de una feria y más adelante el Centro Ítalo Venezolano, al borde de una montaña y al lado del Barrio Santa Cruz, atendiendo a los jugadores de tenis que no quieren saber de tráfico en ese momento.

Renato Yánez dice desde el micrófono, simultáneamente, cuál es la calle, el carro infractor, el choque, eso que sucede abajo. Mira mientras hace las cuñas de los 27 clientes que casi sabe de memoria. Este programa sobre el tráfico en Caracas lo escuchan los oficialistas y opositores, creyentes y agnósticos, quienes tienen carro y quienes van en bicicleta. Desde las rutinas de humor de los stand-up comedy hasta la resignación caraqueña, todos sabemos que no es una solución escucharlo, que cuando mencionan las vías alternas ya la mayoría está en una cola interminable. Pero este servicio público, el único aprobado para despegar y aterrizar tres veces al día en la Base Aérea Generalísimo Francisco de Miranda en La Carlota, tiene la virtud de llegarle a la gente. “Saludamos desde aquí al carro blanco que nos enciende y nos apaga las luces”, y uno mira desde arriba cómo el carro blanco repite otra vez la acción como respondiendo el saludo. Lo hace desde la Autopista Francisco Fajardo, en la que le faltan por lo menos sesenta minutos más para salir por el Distribuidor Altamira en aquello que, desde esta distancia, parece un estacionamiento.

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