“Hay que matarlos a todos” y la polarización

Artes Escénicas, Cultura

El teatro y la necesidad de escuchar a la sociedad

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Además de los momentos de conflicto que vive la sociedad venezolana, la sensibilidad está a flor de piel. El impactante título de la primera obra que escribió Haydée Faverola, Hay que matarlos a todos, ha activado ciertas alarmas entre los espectadores: a unos por lo reflexivo, a otros por el juicio de valor.

La puesta en escena de la primera actriz, en la que actúan Diana Volpe y Abilio Torres, en efecto toca temas actuales y no es casual que La Caja de Fósforos decida mantener activo su espacio de reflexión en estos tiempos tan turbulentos para Venezuela. Se trata de un montaje en el que la protagonista, la señora Blasini, decide encerrarse en su casa a raíz de la muerte de su esposo, con quien habla sola frecuentemente. La visita únicamente el muchacho del supermercado, quien le lleva las bolsas con los productos que necesita. Ambos hablan de la cotidianidad: él del barrio, de su Dolorita, en Petare; y ella de sus recuerdos de felicidad con su esposo.

Juntos dibujan un mapa de la inseguridad en Caracas, hablan del desabastecimiento, cuentan sus pericias para comer lo que les gusta, o con lo que les alcance. Zigzaguean entre la realidad y el absurdo, al mismo tiempo que Blasini pasa de la cocina a la habitación para resguardar sus pensamientos más íntimos, y su colección secreta, jugando con la escenografía muy elaborada que realizó Elvis Chaveinte.

Hace pocos días que personas que se identifican con el oficialismo intentaron desprestigiar el argumento central de la dramaturgia de Faverola. El Director de Conatel, William Castillo, fue uno de ellos. El elenco aseguró que varios de los pendones que promocionaban la obra fueron retirados y, horas más tarde, apareció un artículo en Aporrea en el que aseguran que el equipo de la obra “exhibe la matriz paranoica de la inseguridad que viven los sectores pequeño-burgueses de la ciudad”.

En definitiva, Hay que matarlos a todos ofrece un panorama de la realidad que probablemente tenga vigencia durante mucho tiempo no solo en las carteleras nacionales. Quizá sea un texto de crisis, con un argumento para revisar en cada momento difícil que parezca trascendental.

Texto publicado en la sección “Teatro al día” de http://www.vayaalteatro.com y en http://www.hoyquehay.net

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Artes Escénicas, Cultura, Danza

Oto El Pirata y los sueños del mar

Adriana Urdaneta dormía a sus hijas con cuentos. Con cuentos inventados, como probablemente hacen todas las mamás. Sus ganas de enternecerla desde la imaginación, con el anhelo de que todo eso pudiera convertirse en realidad, la llevó a contarle siempre una historia que se pareciera más al entorno y que pudiera cruzar, fácilmente, el abismo de la realidad. Caraoto, Oto El Pirata, comenzó a tener en su imaginación el poder más absoluto para no dejarla dormir tranquila hasta que decidieran un final distinto cada vez: a veces ganaban los piratas, otras veces ganaban las princesas y a, veces, vencía el sueño. Pero lo divertido de la historia es que cada vez ganaba más fuerza. Y esa fuerza hizo que Clara, Gabriela y todos los niños que vinieron después a escuchar Oto, pudieron verlo hecho realidad: con un montaje de la mamá Adriana, de la abuela Adriana, en el Teatro Teresa Carreño.

Así, con Danzahoy de cómplice, Adriana y Luz Urdaneta, junto con Jacques Broquet –familia y directores de la compañía de danza contemporánea– convirtieron a Oto El Pirata, en el montaje infantil de referencia en las vacaciones durante diez años en la década de los noventa. Luego de la salida de la compañía residente del Teatro Teresa Carreño, los piratas se hicieron diminutos y el barco tomó rumbo hacia un océano distinto. Pero volvió para este 2013 renovado: los trabajadores del teatro y una generación que no conocía la historia, ni el libro publicado por Alfaguara, decidieron que querían jugar a creer que Oto sí era de verdad. Que sí existía.

Danzahoy logró en un fin de semana capturar la atención de muchas familias caraqueñas (si no todas) que se sensibilizan al escuchar a Simón Díaz narrando un cuento. Porque esta historia está narrada por él: un tío que es universal. Que eriza la piel, que hace frondosas las alas para volar. Y cuatro niños que corren de un lado a otro con más de cuarenta bailarines y actores que hacen de las frutas un coro que dice: “Patilla, coco, mango, naranja, piña, cambur” como una marcha militar, para aprender los nombres de las frutas, o que se colocan en un “muñuño” cuando están peleados entre bandos y deben aprender a compartir. El vestuario impecable, las coreografías muy sencillas a nivel visual pero con colorido e introducción de elementos como zancos, frutas gigantes o cascos, hicieron que Oto El Pirata fuera un espectáculo para recordar. La otra parte fundamental del montaje fue la escenografía, que con un barco desplegable y una ola hecha de sábanas enormes, lograron trasladar a los espectadores hacia otros mares, hacia otros finales. Al lugar de origen: ese que solo está en los sueños.

Texto publicado en http://www.hoyquehay.net y http://www.vayaalteatro.com