“Hay que matarlos a todos” y la polarización

Artes Escénicas, Cultura

El teatro y la necesidad de escuchar a la sociedad

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Además de los momentos de conflicto que vive la sociedad venezolana, la sensibilidad está a flor de piel. El impactante título de la primera obra que escribió Haydée Faverola, Hay que matarlos a todos, ha activado ciertas alarmas entre los espectadores: a unos por lo reflexivo, a otros por el juicio de valor.

La puesta en escena de la primera actriz, en la que actúan Diana Volpe y Abilio Torres, en efecto toca temas actuales y no es casual que La Caja de Fósforos decida mantener activo su espacio de reflexión en estos tiempos tan turbulentos para Venezuela. Se trata de un montaje en el que la protagonista, la señora Blasini, decide encerrarse en su casa a raíz de la muerte de su esposo, con quien habla sola frecuentemente. La visita únicamente el muchacho del supermercado, quien le lleva las bolsas con los productos que necesita. Ambos hablan de la cotidianidad: él del barrio, de su Dolorita, en Petare; y ella de sus recuerdos de felicidad con su esposo.

Juntos dibujan un mapa de la inseguridad en Caracas, hablan del desabastecimiento, cuentan sus pericias para comer lo que les gusta, o con lo que les alcance. Zigzaguean entre la realidad y el absurdo, al mismo tiempo que Blasini pasa de la cocina a la habitación para resguardar sus pensamientos más íntimos, y su colección secreta, jugando con la escenografía muy elaborada que realizó Elvis Chaveinte.

Hace pocos días que personas que se identifican con el oficialismo intentaron desprestigiar el argumento central de la dramaturgia de Faverola. El Director de Conatel, William Castillo, fue uno de ellos. El elenco aseguró que varios de los pendones que promocionaban la obra fueron retirados y, horas más tarde, apareció un artículo en Aporrea en el que aseguran que el equipo de la obra “exhibe la matriz paranoica de la inseguridad que viven los sectores pequeño-burgueses de la ciudad”.

En definitiva, Hay que matarlos a todos ofrece un panorama de la realidad que probablemente tenga vigencia durante mucho tiempo no solo en las carteleras nacionales. Quizá sea un texto de crisis, con un argumento para revisar en cada momento difícil que parezca trascendental.

Texto publicado en la sección “Teatro al día” de http://www.vayaalteatro.com y en http://www.hoyquehay.net

Anuncios

Esto fue @Oto_ElPirata –>

Artes Escénicas, Cultura, Danza

Oto El Pirata y los sueños del mar

Adriana Urdaneta dormía a sus hijas con cuentos. Con cuentos inventados, como probablemente hacen todas las mamás. Sus ganas de enternecerla desde la imaginación, con el anhelo de que todo eso pudiera convertirse en realidad, la llevó a contarle siempre una historia que se pareciera más al entorno y que pudiera cruzar, fácilmente, el abismo de la realidad. Caraoto, Oto El Pirata, comenzó a tener en su imaginación el poder más absoluto para no dejarla dormir tranquila hasta que decidieran un final distinto cada vez: a veces ganaban los piratas, otras veces ganaban las princesas y a, veces, vencía el sueño. Pero lo divertido de la historia es que cada vez ganaba más fuerza. Y esa fuerza hizo que Clara, Gabriela y todos los niños que vinieron después a escuchar Oto, pudieron verlo hecho realidad: con un montaje de la mamá Adriana, de la abuela Adriana, en el Teatro Teresa Carreño.

Así, con Danzahoy de cómplice, Adriana y Luz Urdaneta, junto con Jacques Broquet –familia y directores de la compañía de danza contemporánea– convirtieron a Oto El Pirata, en el montaje infantil de referencia en las vacaciones durante diez años en la década de los noventa. Luego de la salida de la compañía residente del Teatro Teresa Carreño, los piratas se hicieron diminutos y el barco tomó rumbo hacia un océano distinto. Pero volvió para este 2013 renovado: los trabajadores del teatro y una generación que no conocía la historia, ni el libro publicado por Alfaguara, decidieron que querían jugar a creer que Oto sí era de verdad. Que sí existía.

Danzahoy logró en un fin de semana capturar la atención de muchas familias caraqueñas (si no todas) que se sensibilizan al escuchar a Simón Díaz narrando un cuento. Porque esta historia está narrada por él: un tío que es universal. Que eriza la piel, que hace frondosas las alas para volar. Y cuatro niños que corren de un lado a otro con más de cuarenta bailarines y actores que hacen de las frutas un coro que dice: “Patilla, coco, mango, naranja, piña, cambur” como una marcha militar, para aprender los nombres de las frutas, o que se colocan en un “muñuño” cuando están peleados entre bandos y deben aprender a compartir. El vestuario impecable, las coreografías muy sencillas a nivel visual pero con colorido e introducción de elementos como zancos, frutas gigantes o cascos, hicieron que Oto El Pirata fuera un espectáculo para recordar. La otra parte fundamental del montaje fue la escenografía, que con un barco desplegable y una ola hecha de sábanas enormes, lograron trasladar a los espectadores hacia otros mares, hacia otros finales. Al lugar de origen: ese que solo está en los sueños.

Texto publicado en http://www.hoyquehay.net y http://www.vayaalteatro.com

Reírse de la muerte: eso es #Matarile —>

Artes Escénicas, Cultura

Los negocios de la muerte

Matarile también cuenta en su elenc con Marianna Gómez, Laureano Olivarez y Nacarid Escalona | Foto: cortesía

Matarile también cuenta en su elenc con Marianna Gómez, Laureano Olivarez y Nacarid Escalona | Foto: cortesía

La muerte en Caracas acecha. Busca en recovecos, forma laberintos. Pero siempre llega. Tarde o temprano, da con el blanco. Y si no, vuelve. Y si insiste, llega a más gente. En esta ciudad, hay más de 200 fallecidos a la semana y eso crea un nicho para los empresarios. Un poder de ventas que va, desde una peluquería que promocione las mejores apariencias para verse desde la urna, hasta una obra de teatro hable del negocio, por aquello de: “Uno nunca sabe”. De eso va Matarile.

Matarile es una obra de teatro que combina en el elenco a dos actores de larga trayectoria en el medio, con dos periodistas que intentan hacerse un camino en la escena con su buena dicción y presencia en el escenario. Rolando Padilla, Rebeca Alemán, Derek Blanco y Aymara Lorenzo, aparecen de pronto en una lúgubre imagen ataviados de negro y con unas sombrillas que los escudan de todo aquello que pueda hacerles daño. En sus caras se ve la tristeza de quien los visita, pero también la picardía de quien puede cambiar todo con humor. La guía de Pepe Domínguez se ve en las pinceladas del estilo teatral que domina en esas líneas de dirección muy precisas, de mayor ensayo en las entradas y salidas. Pero también se distingue el sello de WaterPeopleTheaterCompany, cuando Alemán –también autora del guión– improvisa varios acentos de distintos personajes e invita al espectador a entrar en un juego peligroso: les pide que escriban en un papel qué es lo malo de la muerte.

También hay datos curiosos: el que no sabe que con solo 500 gramos de cenizas humanas puede mandar a hacer una piedra preciosa, entonces podría quedar perplejo con un personaje que no solo utiliza el dato para trabajar, sino que además vive de robar cenizas en las funerarias para tener joyas de rubíes. En Matarile todos los personajes llegan al más allá en una silla de ruedas sin opción de escape ante el interrogatorio de los anfitriones. Las noticias, no solo dan cuenta del número de muertes a manos de la violencia, sino de los caminos distintos que llevan a cada persona al mismo fin. Una recepcionista se dedica a conseguirles pareja a los viudos y un hombre desesperado porque acaba de llegar a los cuarenta años sin ninguna meta cumplida. En definitiva, son diez historias que se burlan de la muerte. Eso también es Matarile.

Texto publicado en http://www.vayaalteatro.com y http://www.hoyquehay.net

Reseña de “Cuando quiero llorar, no lloro” #Recomendada

Artes Escénicas, Cultura

Tres hermanos con el mismo destino

Son más de 50 artistas en escena | Foto: Eliézer Benavides

Son más de 50 artistas en escena | Foto: Eliézer Benavides

El Teatro de Chacao desde su inauguración se ha dejado seducir por algunos montajes que representan un coqueteo al país posible. Cuando quiero llorar no lloro,una adaptación de la novela de Miguel Otero Silva, es uno de esos acercamientos. Esta obra de teatro fue la encargada de cerrar la temporada del Ateneo de Caracas en su sede de Bellas Artes en el año 2009 y volvió para el Festival Internacional de Teatro de Caracas del año pasado, quizá para hacerle batalla a la falta de memoria colectiva de la que presume el venezolano.

Fue un pre-estreno con ruidos. Hubo llantos de bebés, celulares que sonaban insistentemente, flashes de cámaras fotográficas y desorden en la entrega de boletos para sentarse en los puestos que previamente estaban reservados. Contrario a los habituales estrenos para la prensa en los que no hay suficiente público, la sala estaba llena. Sus 600 butacas reían con cada diminuto guiño de ironía que hacían los actores. A pesar de eso, el silencio se fue haciendo a medida que se desenvolvió el montaje.

Cuando quiero llorar no llororepresenta una hazaña para el teatro de texto hecho en Venezuela. 50 actores en escena se desdoblan en una tarima de tres niveles para contar la historia de los tres Victorinos: Pérez, Perdomo y Peralta, quienes paralelamente se convierten en amantes de las armas y, de acuerdo a su clase social, cada uno decide llevar una vida comprometida con el crimen. Los tres nacieron el mismo día, de madres distintas, y mueren a los 18 años de edad en circunstancias también distintas, aunque todas consecuencias fatales de sus ganas de vicio. Cada una en su contexto, Victorino Pérez es de clase baja y termina en criminal común; Perdomo se une a la guerrilla y Peralta, el niño malcriado de la clase alta, se liga a una pandilla de muchachos ricos. Cada uno seguirá su vida en medio de un panorama político turbulento, en el que Rómulo Gallegos está a punto de ser derrocado en el golpe de Estado de 1948 y, más tarde, Marcos Pérez Jiménez toma el poder. Cada uno es enterrado en condiciones económicas distintas, pero con una misma falta: el padre.

El montaje de Pepe Domínguez, además de una multitud de personajes en escena, destaca las potencialidades escénicas con breves coreografías sencillas que le dan vistosidad a la pieza y ligereza en momentos de drama. Los desnudos y los chistes fueron otros de los elementos que no faltaron.Cuando quiero llorar no llorofue la octava novela que publicó Miguel Otero Silva y que, aún 40 años después de su primera edición, hace un ejercicio de espejo con la sociedad venezolana.

Texto publicado en http://www.vayaalteatro.com y http://www.hoyquehay.net

@Cirque Du Soleil: La armonía del dragón #Dralion

Artes Escénicas, Cultura, Danza, Espectáculos

La ciudad está llena de vallas rojas con una figura maquillada que asemeja un karateca de rasgos asiáticos. Dralion es la única palabra que sobresale encima de su cuerpo. El circo que no utiliza animales sino que baila con inspiración en ellos, se encuentra en Caracas para ofrecer la alegría de mayo: el mes con el que aparentemente comienza este 2013

Marcy Alejandra Rangel

Asistir a una función de Dralion, el primer espectáculo del Cirque du Soleil que se presenta en Venezuela, es una mezcla de experiencias que abruman al espectador. Lo primero es recordar la ruta de vuelta a la que fue alguna vez la casa de los grandes shows en el país: el Poliedro de Caracas. Más allá de la estación que sirve de transferencia entre el Metro y el tren hacia los Valles del Tuy, La Rinconada había dejado de ser un punto de referencia para la prensa y los espectadores. La última vez que había sido noticia, fue en el repechaje olímpico de baloncesto en julio de 2012. Miss Venezuela, el más emblemático de los espectáculos venezolanos producidos desde ahí, se había mudado al estudio de Venevisión un año antes. Más atrás, los damnificados por las lluvias eran los habitantes de esa cúpula gigante con más de 13 mil butacas.

La cola para entrar a la primera función de Dralion era entonces un escondite de celulares inteligentes que necesitaban usarse. A pesar del gentío y de las continúas promesas de resguardo de la empresa organizadora, la inseguridad de 2010 no es la misma de ahora. Había un puesto de perros calientes, muchos carros en el estacionamiento y un montón de personas sin poder comunicarse con sus conocidos que ya estaban en las butacas desde temprano. La razón la sabrían al ingresar al recinto: los celulares debían apagarse desde antes de entrar. Caracas, ese día, debía comportarse como un país de primer mundo.

Se pueden caer. Que un acróbata del Cirque du Soleil no haga su acrobacia perfecta, impulsa al mundo a seguir creyendo en él. A aplaudir cada vez más fuerte cuando los personajes hacen un número y sonríen al público haciendo una reverencia. Pasó en la primera función, cuando diez acróbatas hombres intentaron lanzarse como flechas para atravesar unos aros de madera que están sujetos a una mesa y giran, uno encima del otro. Cuando apenas uno de ellos quedó en la mitad del ejercicio, todos intervinieron para colocar los aros de nuevo en su sitio y animarlo a que lo hiciera de nuevo. Gaya, la diosa de la tierra que dirige ese número, entonces elevó sus caderas de lo sutil a lo sublime y logró que ese estadio de la naturaleza se mantuviera en perfecta armonía, tal como reza la sinopsis de la obra.

Del aire. Pareciera que las extensiones rojas del cabello de la acróbata del aro aéreo son las que mueven el instrumento. Esa circunferencia por la que ella es capaz de pasar, medirse y contorsionarse a la vez que gira a muchos kilómetros por hora, es la misma plataforma por la que se deslizan los payasos en uno de sus números, pero también los dioses del  aire en un pax de deux en el que cuentan en “mute” una historia de amor. Vestidos de azul, sin más alegoría a su elemento de armonía, dejan ver sus pies desnudos que trabajan en flex para sostener al otro en el aire, pero también la fibra muscular de sus brazos delinea perfectamente las horas de ensayo y la fuerza que se necesita para el número, que depende de la dirección del viento. Minutos antes, esa circunferencia que les sirve de soporte en la tierra a todos los acróbatas, estaba recubierta por un telón que les indicaba a los espectadores que estaba empezando el segundo acto de Dralion. Entonces, la tela blanca se iluminó de colores para proyectar las sombras de cada uno de los personajes que colgaban de la tramoya e iban rodando para permitir otro color y otra proyección de sombras al nivel de la butaca. En telas, en aros, de cabeza. En una postura que los delimitaba perfectamente como un territorio alejado del planeta, porque para pertenecer al Cirque du Soleil esa es la condición principal: un talento de otro mundo.

Agua y fuego. Vladislav Myagkostupov es un ucraniano virtuoso del malabarismo. En la escena es un hombre que juega con el baile, las lentejuelas de la malla y las esferas que lanza al aire, como si todo fuera parte de su cuerpo. Mientras da vueltas por el piso, incorporándose desde el abdomen y con la cabeza haciendo una suerte de imitación y culto a la serpiente, del suelo van apareciendo nuevos instrumentos para incorporar a la rutina. El break dance, el yoga, la danza contemporánea, el misticismo y la agilidad mental se unen en los minutos de mayor brillo de la escena. El circo no necesita animales maltratados para ser mágico y sonreír. Aquí los músculos faciales se ejercitan de puro asombro.

Backing. El Cirque du Soleil utiliza distintos niveles del escenario a la vez que son conjugados perfectamente en un mismo número. A pesar de que todo se mueve de manera sincronizada, es esa misma sincronía la que permite que cada artista sea protagonista, al menos en un minuto del espectáculo. Mientras hay acrobacia aérea, muchos bailarines-salamandras se agrupan en el piso, moviéndose en cada descanso con sus trajes luminosos. Mientras hay salto de cuerda, atrás están los acróbatas en una pared, colgados de un arnés mientras se deslizan de un lado al otro sutilmente, esperando que llegue su turno de actuar en grande, para saltar una y otra vez en coreografías e intercambio con los demás trapecistas. En los descansos, las voces luminosas de este encuentro escénico salen al ruedo, con trajes de ópera italiana para cantar al ritmo de su lenguaje particular, para seguir contando la historia del niño buda que quiere ser parte de ellos, de los L’Äme-Force.

Draliones. El nombre del espectáculo es la unión de los dos animales más emblemáticos de la cultura a la que homenajea el Cirque con este show: el león y el dragón chino. Ambos se unen en una fisionomía extraña, de dragón con melena color ocre en la máscara. Es la antigüedad milenaria de la cultura asiática, con la vanguardia de las fusiones artísticas que utiliza esta compañía de circo. Son cuatro acróbatas por “dralion” que caminan sobre una pelota gigante y que después intentan –y lo logran– pasar de un extremo a otro de un “subibaja”.

Pero en la circunferencia de la magia también hay salto de cuerda, ese que los mayores recuerdan que solían practicar las tardes en el parque. Solo que este, además de ritmo musical, tiene acrobacias y hombrecitos que hacen equilibrios sobre otros y vuelven a saltar, y hombres que se colocan sobre otros y otros más, en una especie de pirámide que se pone de acuerdo para saltar a la vez, enardecer al público, y hacer una reverencia con su rostro maquillado y lleno de sudor.

Este y Oeste. Los puntos cardinales son el origen de las canciones de Dralion. Se supone que están escritas en un idioma que solo reconocen los habitantes del mundo del Cirque du Soleil y que van narrando la historia y acompañando cada uno de los números que conforman el show. La fuerza del alma es la traducción de L’Äme-Force, el nombre con el que se hace llamar esta coalición de cantantes líricos vestidos con grandes armaduras, que aparecen desde todos los puntos del escenario para darle aún más fuerza a los instrumentos musicales casi invisibles detrás de la escenografía. Para los personajes de Dralion, La fuerza del alma es la conjunción perfecta de los cuatro elementos de la naturaleza y, por lo tanto, lo que permite la armonía dentro de este mundo.

Bolívares débiles. Ese país del primer mundo que es el Circo del Sol no acepta a personas impuntuales ni bulliciosas. Por eso, a las 7:30 pm en punto las luces de todo el Poliedro de Caracas se apagan y no permiten que pase alguien más a ubicarse hasta el intermedio del espectáculo. El personal de seguridad comienza a despedir del recinto a quienes toman fotos en la función. Los payasos hacen un juego que nada tiene que ver con el temor que sienten algunos con estos protagonistas del circo; más bien son la demostración de que los personajes han practicado muchas veces un número, pero que no les sale bien y por eso invitan a alguien del “público” que termina haciendo la presentación del show en un español incompleto y luego una intervención de gimnasia con el payaso torpe.

Mientras tanto, los buhoneros continúan afuera coreando que tienen las franelas con la imagen oficial del Cirque a 140 bolívares, las cintas de colores con el nombre en escarcha a 50 y las chapas a 30, quizá sin imaginar que en el stand de adentro, el que sí es oficial, la misma mercancía está en 1392 bolívares fuertes. Sí, una franela para adultos del Cirque du Soleil cuesta 1392 bolívares. La de niños, solo 900. Las tazas, 412; el CD, 602; el DVD, 1002; el programa de mano oficial, 1192 bolívares, un vaso con tapa 972 y las cotufas a 60. Eso sin contar que las entradas cuestan entre 350 y 6 mil bolívares y que las locaciones más alejadas del escenario tienen visión limitada porque las interrumpe la tramoya, avisada desde el mismo día de la preventa. Pareciera que los souvenirs quedaron para otro tiempo futuro, aún con menor precisión.

El Cirque du Soleil está acostumbrado a invadir el espacio público. Por eso, algunos de sus protagonistas se presentaron en los espacios abiertos del Teatro Teresa Carreño y el Festival de la Lectura en Altamira durante su estadía en Caracas. También se rumora que hubo funciones privadas para el gobierno y que habrá un par de shows gratis al finalizar la temporada. Aún sin estas intervenciones, esta es la temporada más larga que ha presentado la compañía itinerante en algún país del mundo. En medio de un clima de muertes, elecciones, feriados, cacerolas y cohetones, Dralion no se suspendió. Un acto de valentía y fe. Pero sobre todo de armonía, la que pregona la compañía de circo en este espectáculo (que decidieron traer a última hora, el inicial era Saltimbanco) y la que necesita Venezuela.

*Texto escrito el sábado 4 de mayo de 2013

Una mirada al ciclo de ópera de la @SinfonicadeCcs en el Teatro Municipal ->

Artes Escénicas, Cultura, Música Académica

Ópera venezolana para entender mejor

El Teatro Municipal de Caracas comenzó su temporada 2013 del ciclo de ópera con "Los Martirios de Colón", de Aquiles Nazoa y con música de Federico Ruiz FOTO: MAR

El Teatro Municipal de Caracas comenzó su temporada 2013 del ciclo de ópera con “Los Martirios de Colón”, de Aquiles Nazoa y con música de Federico Ruiz FOTO: MAR

Lo verdaderamente importante y maravilloso de ir al teatro en Caracas, es que el espectador no solo tiene la oportunidad de ver monólogos comerciales, sino que además aprecie el talento de agrupaciones que se preocupan por hacer buen teatro y se dedican a recuperar espacios. Así, con adjetivos y adverbios, porque la experiencia de asistir a un lugar inseguro, con poco mantenimiento y polarizado, no se hace grata sin la dedicación de un equipo que le brinde una programación valiosa al espectador.

El ciclo La ópera en el Teatro Municipal 2013 es organizado por la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas junto con la Compañía de Ópera Maestro Primo Casale, Fundarte, Fundapatrimonio, el Teatro Teresa Carreño y el Instituto Italiano de Cultura. Esta temporada abrió con Los martirios de Colón, un aporte de Federico Ruiz al género lírico venezolano. Este maestro compositor se inspiró en los versos de Aquiles Nazoa para regalarle una ópera al país que tuviera que ver con ella: en idioma, vestuario, contenido y risas.

La sinopsis de Los martirios de Colón, no es más que las ocurrencias que el venezolano pudo haber tenido a la hora de contar la historia de la llegada de los españoles a América, en 1492. En la mente de los personajes que relatan los dos actos que conforman la ópera, esto solo fue un accidente geográfico lleno de incongruencias. En melodía, son un collage de géneros que van desde el estilo renacentista, hasta lo popular.

Desde que el espectador ingresa al recinto, hay un par de niños que lo reciben con un programa de mano hecho de papel periódico. Ellos están vestidos a la usanza de Cristóbal Colón y posteriormente, sus medias panty y boinas de medio lado se ven danzando en el escenario. La escenografía es simple: una pantalla que cuelga de la tramoya para proyectar los subtítulos, vestuarios completos y una carabela que entra a mitad de espectáculo para que el público sepa que, de verdad, están llegando a tierra firme. Pero, antes de comenzar, la gestión cultural: un conversatorio de los espectadores con el director de la pieza y otros integrantes del espectáculo que se dará ese día, para hacer más cercana la obra a quien va por primera vez a verla. Se aclaran dudas, se hacen preguntas y se sube el telón.

Al finalizar la función, que solo cuesta 30 bolívares en los mejores asientos, quienes no tienen dónde estacionar cerca, pueden tomar el autobús directo que los lleva de vuelta al Teatro Teresa Carreño, donde hay estacionamiento y mayor facilidad de transporte. El ciclo La ópera en el teatro municipal, estará en cartelera hasta el 9 de junio con fragmentos de las piezas más conocidas en el mundo, montadas en un formato digerible para el espectador. Billo: una revista musical, compartirá programación con Madama Butterfly y Rigoletto, por nombrar algunas. El musical latino con el lirismo proveniente de Europa, tienen cabida en el Teatro Municipal de Caracas.

Texto publicado en la sección Teatro al día de http://www.vayaalteatro.com

Sobre la participación de @TeatroTimbre4 en el @FitCaracas #FITC2013

Artes Escénicas, Cultura, Festival

El cariño disfuncional

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

El viento en un violín es una pieza teatral que pareciera disparatada en una primera impresión, pero que más bien ataca directamente a la realidad de una sociedad que cada vez más se atreve a romper convenciones y a vivir a plenitud su existencialismo.

Esta es la historia de dos mujeres que se aman y asumen posturas distintas en la relación, a pesar de tener el mismo género. Una es la guía, ataviada con pantalones y quien lleva las riendas de cada movimiento que ejecutan en conjunto. La otra, es una chica que se comporta como niña y que tiene una enfermedad. El espectador nunca se entera de cuál, ni ella misma lo sabe. Pero, de lo que sí se dan cuenta, es que el malestar es letal. Aunque en este texto solo haya finales felices.

El viento en un violín es una obra de teatro escrita y dirigida por Claudio Tolcachir para la agrupación argentina Timbre 4, que participa por segunda vez consecutiva en el Festival Internacional de Teatro de Caracas. Precisamente en Buenos Aires, en su Timbre 4, el público es partícipe de la historia porque tiene la oportunidad de ver el espectáculo desde los pies de la cama, en la comodidad de una silla que pareciera el sofá de la casa donde se desarrolla la acción. En Caracas, el panorama es distinto porque las distancias del teatro convencional –menos experimental- hacen que el público se atreva a juzgar o no una historia con temas tabú para esta sociedad.

El planteamiento es uno y varios simultáneamente: un chico que va al psicólogo porque siente que su vida no avanza y está harto de la presión familiar de su mamá; una mujer obsesiva, que lleva un ritmo de vida frenético y que tiene que lidiar con un secreto: la muerte al nacer de uno de sus hijos gemelos; la mujer que trabaja como servicio de esa casa y que, a la vez, es servicio de su propia casa, donde residen su hija a medio vivir y una mujer que dice ser la pareja de esa hija, y con quien además quiere tener un hijo; y, finalmente, esa pareja de mujeres que vive en una cama matrimonial que se les hace pequeña en su deseo de ser mamás.

Hasta el final, el espectador no logra conjugar el nombre de la pieza con el significado real de esta. Pero quizá tenga que ver, aventurando una hipótesis, con la musicalidad que genera ese instrumento de cuatro cuerdas toda vez que se forma una nueva familia. Las dos mujeres, su nuevo bebé y el padre de este niño, comienzan una nueva vida juntos. Descubriendo el significado real de lo que es cumplir un sueño, a pesar de todas las consecuencias que eso pueda generar. La familia, no necesariamente funcional, emprende su nueva vida: una comunión de pensamientos en torno a una esperanza. Las otras dos mujeres y el psicólogo ya no importan. Más nada importa.

Texto publicado en la sección Teatro al día de http://www.vayaalteatro.com