El ciempiés escarlata [Para la Revista @MarcapasosVen]

***Mi crónica sobre el funeral del presidente Hugo Chávez

Seis horas de cola no fueron suficientes para estar frente al féretro | Foto: Marco Antonio Bello
Seis horas de cola no fueron suficientes para estar frente al féretro | Foto: Marco Antonio Bello

Es un miriápodo con cientos, miles de patas. Primero son cuatro. De pronto son diez. Dos segundos después, son veinte personas. Y se multiplican vertiginosamente. Todas vestidas con franelas rojas y tomadas por la cintura, como si fueran a hacer el trencito de la Hora Loca. No sonaba “Vamos Negro pa’ la Conga”, sino “Yankee, go home!”, una y otra vez. Las manos en el cuerpo del otro evitaban la trampa: el coleo repentino.

Desde Maitana, un sector montañoso en las afueras de Caracas, partió caminando muy temprano un grupo y llega hacia las dos de la tarde del viernes muy cerca del patio interno de la Academia Militar, donde se realiza el velorio del presidente Hugo Chávez desde el miércoles 6 de marzo. Los estudiantes de la Universidad de la Seguridad bloquean el paso. En las esquinas de esa línea interminable de gente se dividen las dos multitudes: la tercera edad junto a los discapacitados y los guerreros. Esos que todo el día corearon “queremos ver a Chávez” con la esperanza sentida de que, desde donde el líder estuviera, los viera “rodilla en tierra” por él.

Es el segundo día de velorio y ya los ánimos no son solemnes, ni de duelo. Nostalgias, emociones encontradas. Justo cuando la fila comienza a organizarse para poder pasar a La Academia, más cerca de la urna, otra multitud homogénea y anárquica se avalancha sobre la otra que tiene ocho, diez, hasta veinte horas en cola. La masa roja se hace cada vez más compacta y cada vez más “pueblo” frente a la cadena de soldados en formación. Al que se le ocurra rendirse, salir de allí corriendo, más le vale arrepentirse. Como si hubieran gritado “¡Partida!” en una carrera de caballos, esa masa, conformada por más de cien personas en el límite más cercano a la meta, se abre paso por encima de los guardias y la barrera de metal. Las personas caen al suelo y empiezan a sentir cómo le pisan la carne, las sienes, los bolsos. Una de las guardias nacionales se acerca. Abre su uniforme y comienza a introducir en él todos los objetos de valor que caen en el piso: relojes, pulseras, anillos, celulares. Nadie se da cuenta. Cierra de nuevo los botones antes de que el último de la fila pueda recuperarse y se dirige con cautela a la esquina contraria. A la señora de cabello oxigenado le siguen pisoteando la cara. Los guardias nacionales no reaccionan. Y enseguida, como por un llamado divino, todo se calma y vuelve a su cauce.

“Esos son los escuálidos infiltrados que vienen a desestabilizar esta vaina, pero nosotros no le vamos a fallar a nuestro comandante y aquí estaremos en orden hasta que podamos verlo”, grita una mujer por un altavoz. Viste una franela blanca del Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información, el MINCI. Apunta la mirada hacia las únicas dos personas de ese miriápodo que no están vestidas de rojo y que utilizan lentes, protector solar y hablan en caraqueño típico.

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