@Cirque Du Soleil: La armonía del dragón #Dralion

La ciudad está llena de vallas rojas con una figura maquillada que asemeja un karateca de rasgos asiáticos. Dralion es la única palabra que sobresale encima de su cuerpo. El circo que no utiliza animales sino que baila con inspiración en ellos, se encuentra en Caracas para ofrecer la alegría de mayo: el mes con el que aparentemente comienza este 2013

Marcy Alejandra Rangel

Asistir a una función de Dralion, el primer espectáculo del Cirque du Soleil que se presenta en Venezuela, es una mezcla de experiencias que abruman al espectador. Lo primero es recordar la ruta de vuelta a la que fue alguna vez la casa de los grandes shows en el país: el Poliedro de Caracas. Más allá de la estación que sirve de transferencia entre el Metro y el tren hacia los Valles del Tuy, La Rinconada había dejado de ser un punto de referencia para la prensa y los espectadores. La última vez que había sido noticia, fue en el repechaje olímpico de baloncesto en julio de 2012. Miss Venezuela, el más emblemático de los espectáculos venezolanos producidos desde ahí, se había mudado al estudio de Venevisión un año antes. Más atrás, los damnificados por las lluvias eran los habitantes de esa cúpula gigante con más de 13 mil butacas.

La cola para entrar a la primera función de Dralion era entonces un escondite de celulares inteligentes que necesitaban usarse. A pesar del gentío y de las continúas promesas de resguardo de la empresa organizadora, la inseguridad de 2010 no es la misma de ahora. Había un puesto de perros calientes, muchos carros en el estacionamiento y un montón de personas sin poder comunicarse con sus conocidos que ya estaban en las butacas desde temprano. La razón la sabrían al ingresar al recinto: los celulares debían apagarse desde antes de entrar. Caracas, ese día, debía comportarse como un país de primer mundo.

Se pueden caer. Que un acróbata del Cirque du Soleil no haga su acrobacia perfecta, impulsa al mundo a seguir creyendo en él. A aplaudir cada vez más fuerte cuando los personajes hacen un número y sonríen al público haciendo una reverencia. Pasó en la primera función, cuando diez acróbatas hombres intentaron lanzarse como flechas para atravesar unos aros de madera que están sujetos a una mesa y giran, uno encima del otro. Cuando apenas uno de ellos quedó en la mitad del ejercicio, todos intervinieron para colocar los aros de nuevo en su sitio y animarlo a que lo hiciera de nuevo. Gaya, la diosa de la tierra que dirige ese número, entonces elevó sus caderas de lo sutil a lo sublime y logró que ese estadio de la naturaleza se mantuviera en perfecta armonía, tal como reza la sinopsis de la obra.

Del aire. Pareciera que las extensiones rojas del cabello de la acróbata del aro aéreo son las que mueven el instrumento. Esa circunferencia por la que ella es capaz de pasar, medirse y contorsionarse a la vez que gira a muchos kilómetros por hora, es la misma plataforma por la que se deslizan los payasos en uno de sus números, pero también los dioses del  aire en un pax de deux en el que cuentan en “mute” una historia de amor. Vestidos de azul, sin más alegoría a su elemento de armonía, dejan ver sus pies desnudos que trabajan en flex para sostener al otro en el aire, pero también la fibra muscular de sus brazos delinea perfectamente las horas de ensayo y la fuerza que se necesita para el número, que depende de la dirección del viento. Minutos antes, esa circunferencia que les sirve de soporte en la tierra a todos los acróbatas, estaba recubierta por un telón que les indicaba a los espectadores que estaba empezando el segundo acto de Dralion. Entonces, la tela blanca se iluminó de colores para proyectar las sombras de cada uno de los personajes que colgaban de la tramoya e iban rodando para permitir otro color y otra proyección de sombras al nivel de la butaca. En telas, en aros, de cabeza. En una postura que los delimitaba perfectamente como un territorio alejado del planeta, porque para pertenecer al Cirque du Soleil esa es la condición principal: un talento de otro mundo.

Agua y fuego. Vladislav Myagkostupov es un ucraniano virtuoso del malabarismo. En la escena es un hombre que juega con el baile, las lentejuelas de la malla y las esferas que lanza al aire, como si todo fuera parte de su cuerpo. Mientras da vueltas por el piso, incorporándose desde el abdomen y con la cabeza haciendo una suerte de imitación y culto a la serpiente, del suelo van apareciendo nuevos instrumentos para incorporar a la rutina. El break dance, el yoga, la danza contemporánea, el misticismo y la agilidad mental se unen en los minutos de mayor brillo de la escena. El circo no necesita animales maltratados para ser mágico y sonreír. Aquí los músculos faciales se ejercitan de puro asombro.

Backing. El Cirque du Soleil utiliza distintos niveles del escenario a la vez que son conjugados perfectamente en un mismo número. A pesar de que todo se mueve de manera sincronizada, es esa misma sincronía la que permite que cada artista sea protagonista, al menos en un minuto del espectáculo. Mientras hay acrobacia aérea, muchos bailarines-salamandras se agrupan en el piso, moviéndose en cada descanso con sus trajes luminosos. Mientras hay salto de cuerda, atrás están los acróbatas en una pared, colgados de un arnés mientras se deslizan de un lado al otro sutilmente, esperando que llegue su turno de actuar en grande, para saltar una y otra vez en coreografías e intercambio con los demás trapecistas. En los descansos, las voces luminosas de este encuentro escénico salen al ruedo, con trajes de ópera italiana para cantar al ritmo de su lenguaje particular, para seguir contando la historia del niño buda que quiere ser parte de ellos, de los L’Äme-Force.

Draliones. El nombre del espectáculo es la unión de los dos animales más emblemáticos de la cultura a la que homenajea el Cirque con este show: el león y el dragón chino. Ambos se unen en una fisionomía extraña, de dragón con melena color ocre en la máscara. Es la antigüedad milenaria de la cultura asiática, con la vanguardia de las fusiones artísticas que utiliza esta compañía de circo. Son cuatro acróbatas por “dralion” que caminan sobre una pelota gigante y que después intentan –y lo logran– pasar de un extremo a otro de un “subibaja”.

Pero en la circunferencia de la magia también hay salto de cuerda, ese que los mayores recuerdan que solían practicar las tardes en el parque. Solo que este, además de ritmo musical, tiene acrobacias y hombrecitos que hacen equilibrios sobre otros y vuelven a saltar, y hombres que se colocan sobre otros y otros más, en una especie de pirámide que se pone de acuerdo para saltar a la vez, enardecer al público, y hacer una reverencia con su rostro maquillado y lleno de sudor.

Este y Oeste. Los puntos cardinales son el origen de las canciones de Dralion. Se supone que están escritas en un idioma que solo reconocen los habitantes del mundo del Cirque du Soleil y que van narrando la historia y acompañando cada uno de los números que conforman el show. La fuerza del alma es la traducción de L’Äme-Force, el nombre con el que se hace llamar esta coalición de cantantes líricos vestidos con grandes armaduras, que aparecen desde todos los puntos del escenario para darle aún más fuerza a los instrumentos musicales casi invisibles detrás de la escenografía. Para los personajes de Dralion, La fuerza del alma es la conjunción perfecta de los cuatro elementos de la naturaleza y, por lo tanto, lo que permite la armonía dentro de este mundo.

Bolívares débiles. Ese país del primer mundo que es el Circo del Sol no acepta a personas impuntuales ni bulliciosas. Por eso, a las 7:30 pm en punto las luces de todo el Poliedro de Caracas se apagan y no permiten que pase alguien más a ubicarse hasta el intermedio del espectáculo. El personal de seguridad comienza a despedir del recinto a quienes toman fotos en la función. Los payasos hacen un juego que nada tiene que ver con el temor que sienten algunos con estos protagonistas del circo; más bien son la demostración de que los personajes han practicado muchas veces un número, pero que no les sale bien y por eso invitan a alguien del “público” que termina haciendo la presentación del show en un español incompleto y luego una intervención de gimnasia con el payaso torpe.

Mientras tanto, los buhoneros continúan afuera coreando que tienen las franelas con la imagen oficial del Cirque a 140 bolívares, las cintas de colores con el nombre en escarcha a 50 y las chapas a 30, quizá sin imaginar que en el stand de adentro, el que sí es oficial, la misma mercancía está en 1392 bolívares fuertes. Sí, una franela para adultos del Cirque du Soleil cuesta 1392 bolívares. La de niños, solo 900. Las tazas, 412; el CD, 602; el DVD, 1002; el programa de mano oficial, 1192 bolívares, un vaso con tapa 972 y las cotufas a 60. Eso sin contar que las entradas cuestan entre 350 y 6 mil bolívares y que las locaciones más alejadas del escenario tienen visión limitada porque las interrumpe la tramoya, avisada desde el mismo día de la preventa. Pareciera que los souvenirs quedaron para otro tiempo futuro, aún con menor precisión.

El Cirque du Soleil está acostumbrado a invadir el espacio público. Por eso, algunos de sus protagonistas se presentaron en los espacios abiertos del Teatro Teresa Carreño y el Festival de la Lectura en Altamira durante su estadía en Caracas. También se rumora que hubo funciones privadas para el gobierno y que habrá un par de shows gratis al finalizar la temporada. Aún sin estas intervenciones, esta es la temporada más larga que ha presentado la compañía itinerante en algún país del mundo. En medio de un clima de muertes, elecciones, feriados, cacerolas y cohetones, Dralion no se suspendió. Un acto de valentía y fe. Pero sobre todo de armonía, la que pregona la compañía de circo en este espectáculo (que decidieron traer a última hora, el inicial era Saltimbanco) y la que necesita Venezuela.

*Texto escrito el sábado 4 de mayo de 2013

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