El club de fans de Britney Spears en Venezuela le hizo un tributo a su artista favorita. Aquí mis comentarios

La religión Britney

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Introducirse en el submundo de los clubes de fans es vencer el umbral del asombro y abrirse a un sinfín de creencias en los que la fe y la diversidad sexual son los estandartes principales. Es una administración que funciona cual religión: no hay diezmo, pero hacen labor social; no hay artista presente, pero los pastores son los presidentes de la organización; hay testimonios, porque no importan los escándalos a los que el ídolo esté sometido, siempre hay algo bueno que tomar de ejemplo.

Los chicos del Britney Spears Fan Club Venezuela tuvieron una fantasía adolescente que se prolongó con los años. Su estrella favorita nunca los visitó, pero ellos siguieron ahí. Ganaron un premio como mejor club de fans en Latinoamérica gracias a la cadena televisiva MTV. Llegó a Venezuela, luego de 11 años de espera y tampoco tuvieron la oportunidad de conocerla. Pero pueden seguir esperando. El sábado hicieron gala de su capacidad para memorizar cada paso que hace “la princesa del pop” en escena, para mostrárselo a sus amigos a sala llena en el Teatro Santa Fe. 300 personas que gritaron desenfrenados como si la propia Britney se hubiera desdoblado para estar ahí con ellos y, con lágrimas en los ojos, agradecieron al público que fuera posible la realización del primer tributo de este tipo que se le hace a la artista en el continente, según sus propios datos.

“Britney Spears: el musical” fue un tributo coreográfico en el que el actual eslogan del oficialismo aplica perfectamente en este montaje. Cada uno pasó por el centro del escenario creyéndose la propia Britney en persona. Cabellos negros, pieles morenas, cinturas anchas, vestuarios poco cuidados, pero con unas secuencias de baile lo suficientemente difíciles y ensayadas como para que todos pudieran creerse el lema: “Yo soy Britney”.

Hasta los hombres interpretaron temas y dieron su testimonio en un video previo. Ellos fueron los que mejor trabajaron la coreografía y el vestuario, generalmente con el torso desnudo y lo suficientemente figurado para exhibirlo. Esas imágenes se alternaban con un mix de videos en los que la baja resolución no permitía apreciar en todo su esplendor la evolución de la cantante. Había fotos de la infancia, los primeros pasos frente al micrófono (con mejores cualidades vocales que las de ahora), making of de comerciales de refrescos y perfumes­ y pedazos de conciertos, pero en desorden.

El público vio en vivo culebras amarillas, Madonnas, Britneys y Christinas besándose y efectos especiales de papelillo y fuego. Nadie notó la falta de una doble oficial de la cantante o la baja calidad en la producción a nivel de escena. Lo único que importaba era gritar al final en conjunto: “It’s Briney bitch”.

Texto publicado en la columna Impromptu, del diario 2001, el martes 15 de enero de 2013

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