Mi apreciación sobre Los Siete Pecados Capitales que presentó la @FCND el fin de semana en el Teatro @TeresaCarreno

El cuerpo y la tentación

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Nunca había visto a Rommel Nieves todo vestido de negro y con una chaqueta formal. Me dijo que no se vestía así desde se casó, hace como diez años. Eso en un bailarín es muy extraño. Uno está acostumbrado a verlos correr de un lado a otro en zapatos de goma, con sus piercings, con una franelilla para que se les vean los tatuajes en los brazos y, además, con un morral en el que guardan la ropa sudada. Por eso, cuando llegué el sábado al Teresa Carreño y lo vi a él, a los músicos y a los demás artistas, supe que estaba a punto de presenciar un momento importante para todos esos bailarines que he seguido en sus procesos durante los últimos tres años.

“Los siete pecados capitales” fue una obra a la que apostó el nuevo Centro Nacional de Danza (hasta hace unos meses Compañía Nacional) como la mayor producción de 2012 en su género. Ver a los muchachos con unos vestuarios de lentejuelas y colores contrastantes, amén de una tarima móvil, hizo que todo tomara un matiz distinto. El pecado está inevitablemente asociado al sexo y, quizá, por eso la utilización del desnudo fue recurrente. Sin embargo, Leyson Ponce fue el más inteligente en ese sentido y el pecado original lo representó desde su “Hombre Manzana” que protagonizó Armando Díaz. Nieves, con su ira, también lo hizo diferente: utilizó unas tiras negras a contraluz que fue el medio y escenografía para que los bailarines hurgaran en la destrucción.

Díaz fue la estrella: coreografió “Castillo de telarañas” (la soberbia), fue solista en la gula, bailarín de las demás piezas y además dos de sus fotos aparecen en el programa de mano. El también director de Sieteocho está cosechando muy pronto el camino que forjó desde que se graduó del Iudanza hace poquísimo tiempo.

De los internacionales, Carmen Werner fue la que tuvo mayor peso. Marcos Rossi y Martín Inthamoussu repitieron en el país. Nieves, Díaz, Ponce y Carolina Petit, los venezolanos, demostraron que no es necesario traer gente de afuera para hacer un buen producto, entendible.

El balance de este montaje, que duró más de dos horas, es muy positivo: no hay un espectáculo de danza contemporánea en Venezuela al que asistan más de mil personas por función. Cuando todos los pecados terminaron de dibujarse en el escenario, entendí la elegancia de los artistas: saludar en la Ríos Reyna, ante toda esa gente, definitivamente es un privilegio.

Texto publicado en el diario 2001, el miércoles 14 de noviembre de 2012, y en la sección Teatro al día de http://www.VayaAlTeatro.com.

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