Fin de semana bonito en el Teatro Nacional. Mañana publicado en mi columna de @2001OnLine

Joyas en el Nacional

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El sábado iba por la avenida Baralt montada en una camionetica por puesto, hablando con mi mejor amigo. Nos equivocamos de parada, porque la conversa estaba muy entretenida. Eran las 5:45 pm y la ciudad, a pesar de la lluvia, parecía invitarnos a un café. Caminamos una, dos, tres cuadras. Vimos el Teatro Municipal abierto, invitando a los transeúntes a regocijarse en la ópera de Giacomo Puccini, con la excusa de ver a Cayito Aponte con los dotes líricos que otrora derrochaba en RCTV. Seguimos. Queríamos ir al Teatro Nacional a ver a la Compañía de Danza de Unearte.

Pasamos por la plaza Alí Primera y nos apeteció un helado. Estábamos en pleno centro de Caracas y oscurecía pronto. Nos detuvimos entre cuentos y viajes. Entramos al teatro, pagamos 20 bolívares y nos esperaba el protocolo. Con 664 butacas, no había más de 30 personas. Yo tenía años sin ir, le dije a mi amigo. Y él me confesó que era su primera vez.

Comenzó la función con un dueto que utilizaba como pretexto una silla para encontrarse. De a ratos, evocaban la sensualidad de una pareja que se está conociendo y que los separa esa atmósfera de respeto, simbolizada por una luz. Otra con un hombre y una mujer que tenían contacto físico y se convertían en uno solo mientras iba corriendo la música, hasta que llegaba otra chica vestida de rojo y con cabello azabache, que parecía la tentación. Vimos también un grupo de religiosos de los años 80, que bailaban sus costumbres rezanderas. Se limpiaban sus pecados y los volvían a cometer. Así de raros eran.

También nos llamó la atención que esos bailarines, recién graduados de licenciados en el movimiento, presentaran un dueto más rígido en el que las líneas rectas, las formas geométricas, incluso los valores tonales eran lo más representativo.

Después de una hora –y mientras comentábamos la buena función–, nos volvimos a equivocar en el camino. Pasamos la plaza y llegamos a otra, a la Diego Ibarra. Vimos la baranda del CNE y evocamos el despecho electoral. Eran las ocho de la noche y no sentíamos miedo. Llegamos al Metro y cada uno se fue en dirección contraria. Cuando iba sentada en el vagón, abrí el programa de mano. Acababa de ver las coreografías de Sonia Sanoja, Luz Urdaneta, Rafael González y Graciela Henríquez. Cuatro joyas. “Soy una afortunada”, pensé. Así quiero que sean todos mis fines de semana.

Texto publicado en el diario 2001, el martes 23 de octubre de 2012

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