En mi portafolio: los musicales recientes en Venezuela y @HuerfanitaVE

La danza de Anita

Venezuela
Las tres Anitas participan en el musical FOTO: CORTESÍA

Montar un musical en Venezuela representa una tarea titánica, no solo por los costos de producción, sino porque el país carece de escuelas que eduquen talentos en las tres áreas fundamentales que se necesitan para tal fin. Es por eso que cada director se ve en la necesidad de escoger cuál será el plato fuerte de su obra: cantar, bailar o actuar.

En los últimos años, los escenarios venezolanos han tenido una inclinación hacia los musicales, desde que la productora Palo de Agua montara El Violinista sobre el Tejado (2005-2009), Jesucristo Superestrella (2007-2010) y Los Productores (2008) con figuras de televisión y grandes escenografías en el Aula Magna de la UCV. A esos le siguieron otros como Cabaret (2010-2011), La Novicia Rebelde (2011) y las producciones de Carolina Lizarraga Venezuela Viva (2002-2011) y Orinoco (2011-2012) que tienen un ingrediente más original: el flamenco fusión con música de raíz tradicional venezolana. Solamente en los dos últimos la danza está presente como atractivo principal.

El fin de semana se estrenó Anita, la huerfanita, en el Complejo Cultural Teresa Carreño, con la dirección de Orlando Arocha. El director presentó una propuesta que duró casi cuatro horas en su estreno, con unas protagonistas que no siempre llegaron a las notas en “Mañana”, la canción principal del musical. El perro Sandy no respondió a los encantos de la niña de 11 años y en uno de los números aparecen referencias de musicales extemporáneos como Mary Poppins (1964) y Cats (1981), tratándose de una historia ambientada en los años 30.

Correspondió a Armando Díaz dibujar los momentos clave de este musical con pasos de baile. El coreógrafo de la agrupación Sieteocho Danza Contemporánea y bailarín de la Fundación Compañía Nacional de Danza, tuvo por primera vez a su cargo una responsabilidad como esta y la encaminó hacia movimientos más exagerados que sutiles. El cuadro que mejor lució a nivel de show fue el de los sirvientes quienes, a pesar de resultar afeminados, tenían formaciones llamativas e iban contando una historia mientras bailaban. Es decir, era un discurso que proponía. Las chiquitas del orfanato fue el otro grupo que alegró con juegos, aunque hubo momentos en los que no se entendían los movimientos desde las camas en las que estaban acostadas, por lo unidas y lo lejos que se veían del público.

A pesar de los esfuerzos y las grandes actuaciones de Alicia Plaza, Elaiza Gil y Carlos Arraiz, si a una pieza le falta ritmo y se hace lenta para el público, es difícil que se puedan sacar con pinza las cosas positivas del trabajo per se. Más bien, es difícil que el espectador llegue al final de la obra sin haber dormitado al menos un minuto. En Venezuela hay mucho qué hacer por un género que tanta vida aporta a las artes escénicas de un país.

Texto publicado en la sección Teatro al Día de http://www.vayaalteatro.com y el diario 2001 del martes 28 de agosto de 2012

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