Reseña de Mujeres Invisibles, obra que se presenta lunes y martes en @LoungeTrasnocho

Las que develan secretos en un bar

Noche de confesiones en torno a la sexualidad femenina FOTO: Raúl Saavedra

Sigue siendo el mismo lugar oscuro, con asientos ergonómicos en el suelo, con velas que ambientan la noche. Con vasos en la mano y ganas de cantar la música que suena desde el discplay. Hoy sí hay una excusa para tomarse un trago en el Trasnocho Lounge. Se hace teatro en el bar. Las Mujeres invisibles dejan a la imaginación de los espectadores un video en el que entrevistan a personalidades del espectáculo nacional, actrices de la noche caraqueña, vedettes y animadoras transexuales de locales nocturnos acerca de sus preferencias para mantener una relación sentimental. Coquetean con la cámara, con la moderadora de la entrevista, incluso con quienes están viendo el micro. El público espera que empiece la función.

Una chica cumple años y su mejor amiga quiere pasar el día con ella. Se dan cuenta de que se gustan, de que hay algo más que las une, que incluso el novio de la cumpleañera estorba en la celebración. Incluso, este personaje no llega a comprender el mundo interior de su prometida. También entran en el juego una mujer a la que no le importa el futuro, que piensa que sus preferencias sexuales pueden cambiar de la noche a la mañana; otra a la que le gusta decir en público quién es y cómo se siente siendo homosexual y una última chica confundida que no quiere aceptar cuál es su verdadera identidad.

En un bar, un centro comercial, en cualquier momento de la cotidianidad, estas Mujeres invisibles juegan a alejarse de sus emociones. Sin embargo esta puesta en escena no es, del todo, una obra de teatro. La columna vertebral del montaje, que está bajo la dirección de Pepe Domínguez y la autoría de Karlina Fernández, es más parecido a un stand up comedy que escenifica la escritora en torno a las relaciones lésbicas de esas cuatro mujeres. A partir de ahí se cuentan las vidas, miedos y sospechas de cada una en torno a su relación actual: mutante, estable, hetero, homo o bisexual.

Este montaje contiene música en vivo, comedia, testimonial, videos y morbo. Pero estos elementos no resultan homogéneos. Las actrices proyectan dudas sobre esa sexualidad que representan;  Constanza Liz ejecuta el violín desde una esquina en ciertos momentos de tensión, pero nunca es integrada a la trama desde un lugar en el que se justifique su presencia en escena y sus pies descalzos. Más bien es arropada cuando Suki Landaeta y Benjamín Amarú González arman la atmósfera de un bar en el que cantan boleros y tangos argentinos. Finalmente, es muy difícil unir un guión que está dividido en dos partes: antes y después de la aparición de Fernández en su unipersonal. El acto se hace largo con respecto a las demás intervenciones porque intenta ser el narrador, el hilo conductor de las historias, pero el espectador se dispersa si este no es presentado desde el principio y además cambia el sentido de la trama, de lo trágico a lo cómico, sin razón aparente.

A Mujeres invisibles le beneficia enteramente la locación que escogieron para presentarse. Por aquello de los tragos, del test inicial de la homosexualidad que cada asistente –en silencio– se aplica a sí mismo. Por las conversaciones que generan las relaciones afectivas, cualquieras que sean. Y porque en un bar es mucho más fácil que una mujer se convierta en “invisible”, si se siente en confianza.

Texto publicado en http://www.vayaalteatro.com

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