El Teatro San Martín de Caracas desde la voz de uno de sus actores principales

El teatro escondido

Teatro San Martín de CaracasHay cinco árboles enrejados que no dejan ver las paredes del fondo desde la calle del frente. Son tan altos como el edificio que cubren, que no tiene más de tres pisos. Contrastan con el color del recinto que se ve entre las ramas: crema con ribetes terracota. Ese verde oscuro tiene 19 años creciendo en las mismas aristas, custodiando el lugar en plena avenida San Martín de Caracas, a menos de una cuadra de las tres salidas del Metro de Artigas. Quien se acerca puede notar que no hay ningún aviso, salvo un pendón en la reja de acceso al teatro –del tamaño de los que colocan en la autopista– que anuncia la obra que está en cartelera. Los fines de semana, tipo seis de la tarde, siempre hay alguien conversando en unas mesitas modestas que colocan en el lobby. Se trata del ente cultural del oeste de la ciudad. Al menos el primero que existió, cuando la zona abandonada era un depósito de basura. Es el Teatro San Martín de Caracas, el mismo de Gustavo Ott.

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En 1992 David Villegas era un bachiller que estudiaba en el Liceo Caracas de El Paraíso. Lo que comunica a esa urbanización con San Martín es el Puente 9 de diciembre, una suerte de pasadizo de la inseguridad que está sobre la autopista Francisco Fajardo, que los transeúntes se ven obligados a cruzar a diario para poder tomar el transporte colectivo en la avenida principal. Para ese entonces, Villegas notó que el lugar estaba siendo recuperado y, con el estreno de la obra Nunca dije que era una niña buena, decidió probar suerte en las tablas un año más tarde. “A mí me gustó tanto esa obra que no sabía si es que eso era lo que iba a escoger para mi vida o que como nunca había visto teatro me gustó muchísimo, pero vi seguidas como 40 funciones. La gente me veía en la puerta y cuando entraba ya me sabía los textos. Me sentaba y los repetía. Lo que me decían al final era ‘pasa’. Y no pagaba la entrada. Entonces un día me dijeron: ‘¿quieres hacer de alguien que dé sala?’ Entonces dije que sí. Luego el chamo que hacía las luces en la sala se fue y yo no sabía nada de la parte técnica, pero fui aprendiendo. Después hice los talleres con José Domínguez Bueno y luego me fui a la escuela de actuación”.

Pero David nunca se fue del teatro. Siempre se mantuvo dentro, aún cuando estudiaba en la Escuela Nacional de Artes Escénicas César Rengifo. Pertenece a la compañía residente, Textoteatro, que es el mismo que le da nombre a una de las dos salas del Teatro San Martín, la más pequeña, con aforo de cien butacas aproximadamente. Luego de su profesionalización como “todero” en el lugar, a David le tocó asumir el cargo de director de producción. Es decir, se encarga de todo el edificio desde un escritorio que está frente a una computadora, en el segundo piso y medio –por llamarlo de alguna manera–. Es el único rincón ajeno al público general y distinto a un teatro, pero que recuerda cada logro alcanzado juntos: tres portadas que publicó El Nacional en 2011 referente al éxito de los últimos estrenos; pendones de las últimas obras y un sofá para responder entrevistas y recibir visitas. Una oficina como cualquier otra.

David, de hablar acelerado hasta que la falta de aire lo obliga a detenerse, tiene un horario fijo en el teatro, de lunes a viernes, de dos a seis de la tarde. Él lo llama “horario administrativo”. En ese tiempo el trabajo es estar pendiente del funcionamiento completo de la infraestructura, buscar patrocinantes, mandar a hacer el pendón para invitar al estreno, los programas de mano, cuadrar los horarios de actores con técnicos y directores. En las horas que restan del día es probable que también se le encuentre en el teatro, porque el “horario artístico” es totalmente variable: los ensayos pueden ser en la mañana y en la noche. Y los fines de semana, las funciones ocupan todo el tiempo. Mientras la gente disfruta, ellos trabajan.

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Los escenógrafos están en la sala principal del Teatro San Martín de Caracas haciendo el montaje de Tres noches para cinco perros, obra de Gustavo Ott que estrenará en dos semanas. En medio de la realización, llama una vecina para preguntar cuándo inicia el taller infantil de danza que funciona todos los sábados a las nueve de la mañana. David detiene el trabajo para responder la llamada. Añade que pronto estrenarán una obra también para niños. Es cuestión de esperar el anuncio a través de Facebook, Twitter (@tsmcaracas) y la puerta principal del teatro, dentro de unos días. David no suelta prenda de nada. Como todos los artistas, cree que es pavoso hablar de las cosas antes de que se den oficialmente.

“Hay señoras que, cuando no es una obra nuestra, como que se sortean para venir y echarle el cuento a las demás de si es buena o no, para luego venir todas” dice. Y eso tiene que ver con que en Textoteatro, compañía que empezó en 1989 bajo la dirección de Gustavo Ott –el mismo que introdujo el proyecto del centro cultural y director o escritor de la mayoría de las obras que se presentan ahí–, hay una especie de elenco fijo conformado por David, María Brito, Ludwing Pineda y otros artistas que siempre están presentes en las obras. Sin embargo, con el pasar de los años, estos actores cercanos se han unido a nuevas agrupaciones que ahora son asociadas y también se presentan en el teatro. Tal es el caso de: Cobre, de Rodolfo Santana; Urbe, que está a cargo de Rubén León y Afrodiartes, de Verónica Arellano.

Pero también el asunto de la fidelidad tiene que ver con una relación estrecha con los asiduos. “Nosotros podemos hablar con ellos, podemos contestarles. Es distinto que en cartelera estemos anunciados nosotros, porque la gente viene con confianza. Cuando no, nos preguntan. Nosotros nos conocemos, aunque no nos sepamos los nombres y nuestras historias personales, nos conocemos nuestras historias en conjunto porque las hemos creado aquí. Cuando no nos ven en el escenario, nos ven vendiendo una entrada, o si no sacamos las sillas, no nos cuesta nada, no estamos por encima de nadie como para no poder hacerlo. Al contrario. Yo soy partidario de una relación más directa, más personal. Llegas más. Y si el trabajo es llegar y llenar a la gente y agradarla, no quiero que me vean como alguien inalcanzable. Yo también soy humano y también me puedes tocar. Si me pellizcas también me duele, si me golpeas también sangro, soy igualito a ti”.

Lo que destaca al funcionamiento del Teatro San Martín de Caracas es justamente su condición humana. Las entradas a las funciones cuestan 20 bolívares, mientras la boletería de las entradas en cualquier lugar cultural capitalino varía entre 80 y 140, dependiendo de lo comercial que sea. Y si alguien de la comunidad quiere entrar a ver una obra y no tiene el dinero para pagar la colaboración, igual puede pasar. No es un propósito que los actores se hagan millonarios con la exhibición de su talento, solo tener una caja chica para comprar artículos necesarios de utilería menor, porque desde el inicio de cada proyecto las obras están pagadas por el comodato que tienen con la Alcaldía de Caracas.

Sin embargo, esta forma de tener empatía con su alrededor no siempre ha generado buenos resultados. Sobre todo porque pocas personas de la urbanización que no sean cercanas al arte conocen qué es lo que está en esa esquina de la avenida principal de San Martín. El viernes 3 de febrero se estrenó allí la obra Tres noches para cinco perros, que tiene como protagonistas a Villegas, Pineda, José Gregorio Martínez, William Escalante y Luis Domingo González, que es el director. La puesta en escena recrea a la plataforma Deepwater Horizon en el Golfo de México, que explotó en 2010 gracias a la avaricia del ser humano. La imponente escenografía contrastó con las escasas cincuenta personas que se sentaron en una sala que tiene, al menos, capacidad para doscientas cincuenta. Y eso que era un día bueno para el teatro.

A pesar de que las obras del teatro estén pagadas por el subsidio, el teatro necesita activar estrategias para ganar dinero extra. Por ejemplo, desde hace unos meses el teatro abre sus puertas en la mañana a una señora que vende empanadas y pastelitos en un carrito que coloca en el lobby, acompañados de una malta. También, han tenido que comenzar a vender chucherías y cervezas antes de entrar a la sala, pero además ahora permiten que los espectadores entren al recinto con las golosinas en la mano, lo que hace un poco molestas las funciones por el ruido de los papeles y algún residuo que queda en la alfombra.

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El teatro le ha enseñado a David Villegas a ser quien es en este momento. Hizo de sus compañeros de trabajo, una familia. Con el pecho erguido dice que pronto podrá  afirmar que es el actor venezolano que más Shakespeare ha hecho. En Venezuela y el exterior, porque también con el ego arriba asegura que es de las compañías venezolanas que tiene más presencia afuera, representando al país en toda América, Europa y Asia.

Textoteatro es una de las diez agrupaciones venezolanas que va a participar en la re edición del Festival Internacional de Teatro de Caracas, una iniciativa cultural celebrada hasta 2006 y que en 2012 retoma ciertos espacios culturales con propuestas internacionales que visitarán el Festival de Teatro de Bogotá además de las piezas locales ya bastante presentadas en la ciudad, durante los últimos dos años. Los del Teatro San Martín de Caracas son los únicos venezolanos escogidos con una pieza inédita por tres razones: la primera, tienen una sede propia que abarata costos de presentación; tienen gran experiencia en el exterior; y, además, Tres noches para cinco perros fue premiada en el XI Premio Madrid Sur para Textos Teatrales de España.

En su experiencia, David piensa que lo más importante del intercambio es aprender a cultivar el intelecto. Y por eso cree que en Venezuela hay mucho talento para desarrollar el teatro gracias a los maestros chilenos y argentinos que llegaron al país, luego de las dictaduras que los obligaron a salir de sus lugares de origen. Dice que el problema aquí es de escogencia. Asegura que la diferencia más importante entre los actores de obras comerciales y los que trabajan en el Teatro tiene que ver con el deseo de ser artista. “Si tú no quieres ser un actor, sino un artista, no hacer una obra de teatro, sino una obra de arte, eso va más allá del reconocimiento y de que te saluden en la calle. Es una decisión, un compromiso. Mozart, Picasso, son famosos ahora. Muchos de nosotros nos tenemos que cuestionar qué queremos ser”.

Las relaciones que ha tenido con los personajes que ha interpretado le han dado, como a todo actor, un desarrollo humano. La pregunta ¿qué pasaría si fuera yo? Lo ha hecho crecer como artista. También ha dirigido tres o cuatro obras. Comenzó con una reunión de amigos en la que quisieron montar un monólogo que él interpretaba y que, para el nuevo montaje, terminaron haciendo varios personajes.

Todo lo ha logrado en el Teatro San Martín de Caracas. “Me siento bien de hacerlo aquí, en el oeste de la ciudad, donde mucha gente no quiere venir porque no conoce la zona y le da miedo. Aquí están nuestras obras que han representado y siguen representando a nuestro país a nivel internacional de una manera bastante fuerte y bastante premiada, además. Aquí tengo el chance de crecer, creer, crear, con tiempo. Dentro de mi casa, tranquilo, no tengo por qué andar corriendo de un lado para otro. No tengo que traicionar mi discurso artístico a la hora de interpretar algo que yo no haría. Eso para mí es muy importante. Yo sé que la necesidad existe, la tenemos todos, la vida y nuestro país son así, pero no traicionarte a ti mismo artísticamente hablando. Que tú hagas un trabajo y que al salir te preguntes por qué lo estás haciendo. Yo doy gracias a Dios de que aquí me puedo tomar el tiempo de madurar las ideas y de que cuando esté listo, sin correr, pueda desarrollarlo”. Es por eso que David Villegas no se plantea hacer otra cosa distinta al teatro, ni en otro teatro. No lo piensa. No le hace falta.

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El proceso de ensayos en el Teatro San Martín de Caracas comienza dos meses antes del estreno de la obra. Cada texto está relacionado con un tema que se escoge al inicio del año en el que se intente hacer reflexionar al espectador sobre un asunto particular de su sociedad.

Es viernes, tipo seis de la tarde. Las mesitas están afuera en el lobby y cada vez llegan más personas que conversan antes del estreno de la obra de teatro. Son las mismas sillas que utilizan en la mañana los comensales que compran empanadas a una señora que se coloca allí con su carrito freidor. En la entrada está María Brito vendiendo chucherías y refrescos. También en esa misma taquilla se retiran las entradas y los programas de mano que, como no alcanzó el dinero para imprimir los tradicionales cartoncitos, son volantes picados a la mitad que solo destacan el nombre de la obra. Antes de ingresar hay una cartelera que anuncia los próximos estrenos y las reseñas recientes que la prensa nacional ha publicado sobre Tres noches para cinco perros, la obra que estrena hoy. En el pasillo, mientras el público camina a la sala, ve los pendones del Festival Fiesta que tiene algunos años sin producirse por falta de recursos económicos y que produjo David en sus buenos tiempos. También hay una vitrina vacía, donde hasta hace unos años vendían franelas o artículos relacionados con el arte. Este año no hay Proyecto 4×4 Madre, Padre o Shakespeare, unos que se hicieron los tres años anteriores para reiterar un tema específico de reflexión con el público. Pero hay planes de seguir representando a Venezuela en el exterior.

Probablemente quienes asisten al estreno son vecinos de la zona, jóvenes que de pequeños realizaron los talleres vacacionales de actuación con los mismos actores que hoy están demostrando talento en las tablas. También hay periodistas culturales, productores, estudiantes de teatro, bailarines y actores que confían en lo que ahí se presenta. La mayoría se conoce aunque sea de vista. Aunque no sean demasiados. Se cumple lo que reza David cuando dice que son una comunidad.

Hoy, en el oeste de Caracas, volvió a hacerse buen teatro. Las luces del edificio iluminaron por primera vez en este año a los árboles enrejados que custodian el teatro escondido. Se volvió a cuestionar a la sociedad desde un trabajo artístico, aunque esa sociedad no esté presente porque no conozca el teatro. Aunque no sea un punto de referencia en las direcciones. Aunque esté ubicado en una zona que culturalmente no es ni reconocida como tal, ni la más segura para serlo. Es 2012 y el show debe continuar.

Texto publicado en http://www.vayaalteatro.com

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