Gente que desnuda su alma

El alma en tres escenarios

El ser humano se quita la ropa constantemente. Y, a veces, también desnuda su alma en distintas formas. Lo hace en cada espacio que transita con palabras, silencios, acciones, incluso con las personas con quienes comparte. Artistas y personas que asisten a consultas esotéricas, psicólogos o confesionarios buscan no sólo ser escuchados, sino también atendidos en sus inquietudes. Pero, al final, esa persona que se desnuda lo que pretende –aún sin saberlo– es encontrarse con lo que queda de ella una vez que se deslastra de sus máscaras

I

María Irene Bracamonte comienza a bailar sobre el linóleo con los brazos alzados por encima de la cabeza y sus pies, calzados con Converse, están puestos en relevé. Pareciera difícil mantener el equilibrio, pero a ella la mueve algo más allá de la Ley de Gravedad. Es una joven delgada, de cabello lacio que le bordea la cintura. Está vestida con shorts caqui, que dejan ver sus piernas torneadas, y una camiseta gris. Realiza movimientos eclécticos, se perturba, camina, vuelve a bailar. La música instrumental interviene, más que el espacio, sus movimientos. Es una melodía que inspira paz y permite que, en los silencios, el cuerpo respire y piense cuál es el siguiente paso y qué mensaje quiere transmitir con él.

Rommel Nieves, su pareja en este dueto de danza contemporánea, la corretea y figura un juego al que Bracamonte se entrega progresivamente. Él es underground: tiene puesta una franela blanca ancha que él mismo diseñó, con el dibujo de una columna vertebral en colores tenues. Utiliza un pantalón del mismo color que su pareja, que tiene impreso el logotipo de su compañía de danza, 100% Impro. Una cola, que no puede camuflarse, sale de su cráneo como el único mechón que pulula en la brillantez de la cabeza llena de sudor. El look hace juego con los tantos tatuajes que se ven en los brazos. El contacto corporal manifiesta romanticismo, urbanidad, técnica e improvisación. Hay momentos en los que el espectador pareciera confundirse, porque la coreografía quiere decir más de lo que realmente se puede apreciar en ese momento.

El trabajo no dura más de diez minutos, pero en ese instante mágico en el que el espectador siente que debe aplaudir, se da cuenta de que lo que acaba de presenciar no es solo una secuencia ensayada. Sucedieron sentimientos, miradas pícaras y sensaciones de ternura en el público. Para los bailarines, llevar el proceso de ensayo a las tablas es un experimento que busca descubrir qué otras sensaciones pueden surgir en los desconocidos que están mirando. Bracamonte y Nieves bailan para sí mismos, pero hoy sus emociones están expuestas frente a los demás.

II

–Ave María, purísima.

–Sin pecado original concebida.

Esa es la respuesta que le enseñaron a Mariana Hidalgo en la catequesis de iniciación cristiana cuando iba a hacer su primera comunión y, el día anterior al gran acontecimiento, tuvo que confesarse también por primera vez. Ella reza todas las mañanas y trata de obrar, dentro de sus posibilidades, con la mayor honestidad según lo dicta la Iglesia Católica. Por eso se confiesa, desde entonces, una vez al año. Cuando ora, lo que hace es contarse a sí misma sus inquietudes, pedir por quienes están a su alrededor, preocuparse por las cosas que no puede decir en público muy a menudo, pero que igual siente. Mariana es una “galla”, como la catalogan en su círculo de amigos.

Cuando le cuenta sus pecados al sacerdote no lo hace para buscar respuestas. Simplemente reconoce que en algo obró mal y quiere, previo cumplimiento de la penitencia, enmendar el error. Pero los padres sólo  la aconsejan con padrenuestros y salves. Y ella, en ese minúsculo cubículo de madera en el que está ahora de rodillas, siente que las palabras de alguien que tenga la misma fe que ella pueden ayudarla a saber cómo ofrendar a Dios sus acciones de ahora en adelante.

Hoy Mariana fue a la iglesia y no por obligación. Quería sentarse a escuchar su voz interna en un lugar donde sabía que nadie la juzgaría por pensar distinto y querer nadar en contra de la corriente.

III

Daniela Lugo salió de clase de Cálculo hace unos minutos. Ella no sólo duda de sus técnicas de estudio, sino también de la carrera que escogió. Una amiga le comentó que podía solicitar ayuda profesional dentro de su casa de estudios, para saber cómo salir adelante. Se dirigió entonces al departamento de psicología de la universidad y se anotó en la recepción para solicitar una consulta. Resultó la primera persona en la lista y se dispuso a esperar su turno. Ahora está en ese segundo que es vital. Es su yo interno que le dice: “¿Qué hago aquí?”, “¿qué diré?” y “tranquila, tomaste la decisión correcta”. Así como Daniela hay por lo menos tres personas más que están en esa sala de espera para resolver sus tabúes sobre las situaciones que están viviendo en ese momento.

A los pocos minutos se escuchan unos pasos que vienen desde los cubículos, que están un poco alejados, y cada vez suenan con más insistencia. El psicólogo fue hasta la recepción a buscar a su nueva paciente. Una vez adentro, en la oficina, hay otro silencio incómodo que la obliga a pronunciarse de alguna manera. Está en medio de un consultorio que no se parece en nada a los de las películas. Este tiene una computadora y en frente un mueble que intenta engañar al visitante para hacerlo sentir “cómodo”. El psicólogo está esperando que Lugo le cuente por qué decidió ir a terapia.

Una vez que arranca a conversar, Daniela se da cuenta de que quien está escuchándola es otro ser humano que le demuestra tanta confianza como ella requiere para poder abrirse y evolucionar en el caso. Para ella es absolutamente necesario sentir que el otro da tanto o más dentro de la consulta. Daniela quiere que la ayuden como sea, independientemente de la técnica que el psicólogo esté utilizando para tratarla.

En esta consulta no sólo salen a flote sus dificultades académicas, sino la mala alimentación que Daniela tiene y los problemas personales que no ha resuelto. Una hora de charla no fue suficiente y a la chica no le resultó tan traumático como pensaba. Más bien añora que la próxima semana llegue rápido para poder seguir descubriendo cosas que ella misma desconocía.

Texto publicado en la Revista Ojo

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