Entrevista a un personaje de la penumbra

ENTREVISTA Céfora Castellanos, bedel en salones de danza

“Mis hijos siempre me dicen que quiero

más a la danza que mi propia casa”

Chela, como todos la conocen, lleva 31 años limpiando los salones de ensayo, camerinos y teatros que utilizan los estudiantes de danza. Según ellos, es la única capaz de cargar un rollo de linóleo ella sola y preparar “el combo Chela”: pancito, juguito y cafecito, para hacerle catering a los bailarines. En abril, la dirección de Unearte la mudó al comedor de los empleados de la institución, donde no existe relación alguna con la danza. Desde entonces no ha podido volver al teatro, “me da mucha nostalgia”, dice.

 

Chela ha visto numerosas presentaciones de danza, lo que le da criterio para saber cuál pieza está mejor bailada que otra

Céfora Castellanos es el verdadero nombre de Chela, una mujer de 50 años que desde hace 31 baila al compás de las suites de ballet más conocidas mientras limpia. Sí, en lugar de Juan Gabriel, Tchaikovsky. Sabe distinguir entre tendú y fouetté, entre otros tecnicismos de la danza.  Y le acomoda a los ejecutantes el vestuario que mejor le convenga de acuerdo a la coreografía.

Para Chela el mundo se resume en una frase: “Los muchachos”. Así denomina la bedel a toda la camada de estudiantes del Instituto Superior de Danza que vio crecer, desde que tenían 16 años. Miguel Issa, Lídice Abreu, Leyson Ponce y Luis Viana son algunos de los principales exponentes de la danza contemporánea en el país. Y detrás de sus movimientos siempre ha estado ella.

Si se lo propusieran, Chela podría reconstruir la historia de la danza en Venezuela a través de su oficio. Luego de trabajar en el Instituto Superior de Danza —la casita, como ella lo llama—, pasó al Instituto Universitario de Danza y, ahora, a la Universidad Nacional Experimental de las Artes.

Su esposo, Benjamín Cristancho, es escenógrafo y trabaja como “todero” en casa de estos artistas. Vive con él y sus dos hijos en una de las barriadas de Petare, pero es nativa de Colombia, de donde emigró a causa de la guerrilla cuando tenía15 años.

Víctima de las políticas públicas, Chela fue escogida a dedo en abril, para ocupar el cargo de cocinera en el comedor del Instituto de las Artes, la Imagen y el Espacio, que está ubicado a una cuadra de Unearte. Desde entonces está encargada de prepararles almuerzo y merienda a los 80 empleados del edificio. Desde Iartes, Chela observa cómo el gobierno usa las artes como estrategia política para llegar a un sector y mientras recuerda a sus muchachos, a los que ya no ve tan seguido, que utilizan la institución con un solo propósito: desarrollarse como artistas.

—¿A qué se debió que la hayan cambiado de lugar de trabajo?

Por los cambios que hubieron de la Unearte. Yo estuve allá y no sé qué pasó, pero no encontré un sitio. Primero me pasaron a la sede de Caño Amarillo y ahora estoy aquí. Ellos siguen con un departamento de vestuario que maneja una chica y en los refrigerios trabajan otras personas.

¿Qué circunstancias la llevaron a ser limpiadora de salones de danza?

Llegué por medio de la licenciada Yolanda Tapia. Se había disuelto el Ballet Internacional de Caracas. El Instituto Superior de Danza era algo parecido y ella trabajaba ahí, cuando eso quedaba en Parque Central. Jamás tuve una visión de ser bailarina. Yo trabajaba en una fuente de soda atendiendo la barra. Alguien me la presentó y me dijo que necesitaba una persona que trabajara en mantenimiento y que si quería trabajar con ella, que probara a ver.

—Y le gustó.

—Me quedé con la danza porque me sentía muy bien. Me costó mucho cuando salí de ese departamento porque son muchos años. Realmente con el cambio me sentí extraña. Todavía me hacen falta los muchachos. Aquí comen todos los empleados de Unearte e Iartes, pero no los alumnos.

Cómo te explico… ellos se convirtieron para mí como en parte de mi familia, cuando ellos terminaban su carrera en la danza se iban y sentía que se iba parte de mi familia, de mi casa, de mi hogar, y cuando regresaban como profesores estaba otra vez con la felicidad de saberlos de nuevo con nosotros. Pero siempre vi el departamento como parte de mi casa. Mis hijos siempre me dicen que quiero más a la danza que mi propia casa. Cuando no trabajo, les doy cariño a mis hijos porque, aunque ellos están conmigo, yo estoy muy dedicada a mi trabajo.

—¿A qué se dedican sus hijos?

Mi hijo Julio, el mayor, tiene 28 años y medio y es el encargado del depósito en Muebles Bima. Pedro tiene 25 años y estudia en la universidad, para policía. El señor Carlos Paolillo le consiguió un cupo en Artes, en la UCV, pero a él no le gustó. Lo intentó un semestre hasta que dijo no quiero, no quiero, no quiero y se salió.

¿Cómo conoció a su esposo?

—Cuando empecé a trabajar no tenía esposo. Tenía 4 años trabajando en el Instituto Superior de Danza cuando tuve mi primer hijo, a los 24, y luego a los 3 años tuve al segundo. Y así me quedé con mis hijos y todos mis hijos de la danza. Benjamín es mi segundo esposo. Él también trabajaba en la Casa del Artista y en la casita colaboraba con el arreglo de los pisos porque también le gustó y aprendió de escenografías. Nos conocimos en una fiesta y un día regresé casada. De alguna forma la danza nos unió a los dos.

Gajes del oficio. Chela recuerda con lágrimas. Aún no cree que esté alejada de los muchachos. Puede narrar cada anécdota, con fecha exacta —aunque diga que no es buena para eso­—, y cada generación de bailarines. “Me encantaba cuando en la casita, que quedaba en Los Cortijos, bajábamos la avenida con un poco de obreros, y que en el medio hubiera una escuela de ballet, era loquísimo”.

¿Qué es lo más curioso que ha visto en un ensayo de danza?

—Lo más fuerte que he visto fue la caída de Laura Nazoa (primera bailarina del Teresa Carreño) en una clase de ballet, cuando el pie le quedó guindando, hace 22 años. Eso nunca en mi vida lo he podido olvidar. Pensábamos que nunca iba a volver a caminar, pero su recuperación fue muy rápida. Yo estaba en las oficinas y con el grito fui corriendo a ver qué pasaba. Me acuerdo que se fue en una moto que la llevaron.

¿Cuál es el profesor que le dejaba el salón más sucio?

—El maestro Miguel trabaja con máscaras y me dejaba el piso lleno de periódicos, telas, plumas. En cambio, Yolanda Machado era muy delicada con el salón, lo dejaba como si no hubiera dado clases.

Y ahora, ¿cuál es el día de la semana que tiene más trabajo?

—El viernes, porque todo el mundo viene a comer pasticho, que es la muerte para ellos. Ahorita estoy cocinando hallacas y las traigo.

No por casualidad pasó un empleado a encargar hallacas para el día siguiente, quien se quedó a escuchar un rato de la conversación sentado en una de las sillas del comedor.

¿En qué ha cambiado su trabajo en estos 30 años?

—Todo el vestuario que había en danza se recogió y se entregó a la sede nueva, pero hace mucho tiempo que no voy para allá. Extraño a los muchachos, mucho, mucho, mucho.

Chela se llevó las manos a los ojos, y desde entonces no paró de llorar.

—Ese hogar que ellos me brindaron se acabó. No he podido encontrarme con eso en otro lugar. Cuando los veo en la calle siento que todo se desintegró mucho, porque aquello era chiquito y ahora es algo muy grande. La universidad está en diferentes sitios y no hay una integración para todos, como nos prometieron. Eso ha sido muy fuerte.

Igual voy a las funciones a verlos y sueño estar detrás del escenario. Yo estuve en el Teatro Teresa Carreño, en la (sala) Anna Julia, en la Casa del Artista, colaboré con Jóvenes Coreógrafos en el teatro Alberto de Paz y Mateos, Nacional, Municipal, Cadafe. Los que más me encantaron fueron La casa del lago, un trabajo bellísimo de Lídice Abreu y Miguel Issa que presentaron en la casa de Bolívar y en el hotel Macuto de La Guaira. Ellos saben cuándo me encanta un trabajo, las lágrimas se me salen cuando veo que lo dan todo. Cuando no, les digo que lo hicieron bonito y ya. Y les digo la verdad porque los quiero, si me fascinó el vestuario, los ayudo a arreglárselo.

¿Cuáles son los beneficios de su trabajo?

—Mi trabajo me ha ayudado a sacar a mis hijos adelante, que es lo más grande que tengo en la vida y un hogar, porque el día que no vengo para acá me siento muy extraña en mi casa esto ya es parte de mi vida. Los muchachos que vienen del interior yo hago que se sientan como en casa, que la universidad no sea nada más un sitio de clase sino que haya un poco de calidez.

­¿De qué se trata el proyecto de pensión para estudiantes de danza que vengan del interior?

—Hace muchísimos años yo pensé que podía comprar una casa y montar una pensión. Porque veía que era como muy fuerte que los chicos llegaran del interior y vieran la ciudad tan grande. Así podría albergarlos a todos y tenerlos conmigo. Yo pienso que todavía lo puedo lograr. Compramos un terreno grande por Parque Caiza, pero todavía no tengo fecha de apertura.

¿De qué manera han influido las políticas del gobierno en su trabajo?

—La política está en todos lados, pero tenemos que seguir adelante. Ahoritica me siento bastante bien acá. El personal está contento, pero después de tantos años, esto para mí es otro mundo. Aunque aquí la gente igualito se ha pegado mucho. En estos días por una emergencia viajé y me llamaron a la 1:00 pm a decirme que dónde estaba porque el comedor estaba vacío.

¿Por qué no se ha jubilado?

­—Esa pregunta me la hago a veces también. El día que deje de venir a la institución, es porque ya no pueda salir de mi casa.

 

Texto publicado en http://www.vayaalteatro.com

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